sábado, 28 de marzo de 2020

Huida de ida y vuelta

Es increíble lo rápido que puede cambiar la vida de uno. De manera drástica, de un día para otro prácticamente, y, lo peor de todo, sin haber hecho absolutamente nada para propiciarlo.
Todos (los que tenemos la fortuna de no estar padeciendo el virus de cerca, eso es caso a parte) estamos pasando mas o menos por lo mismo, y eso como mínimo nos debería de aportar cierto nivel de empatía, que debemos aprovechar para convertirnos en mejores personas.

Hay tantas historias como personas metidas en sus casas, con sus problemas y con sus soluciones. Esta solo pretende ser una historia mas. La nuestra. Un viaje de ida y vuelta escapando del virus solo para darnos cuenta de que, como siempre, escapar no sirve de nada. Lección aprendida.

Empecemos por el principio, o por la continuación, mejor dicho.
La situación en Hong Kong a finales de febrero era mas o menos estable. Uno o dos casos diarios (una broma con los datos que escuchamos ahora cada día en España). Estar separados no era una buena idea, nunca lo fue, pero Italia estaba mas cerca de España de lo que Wuhan estaba de Hong Kong. Y aunque nadie podía pensar que se iba a llegar a ese nivel, para estar con el virus en el cogote, mejor juntos. Siempre mejor juntos.

El vuelo de María y los niños estaba previsto para el 31 de Marzo. Pero cada día que pasaba estábamos mas seguros de que no se podría viajar en esa fecha por las restricciones de vuelo que iban imponiendo los países, y por las cancelaciones de las lineas aéreas. Cathay Pacific primero espació los vuelos desde Madrid y luego los canceló directamente. Tocaba buscar alternativas, porque para el 10 de febrero, cualquier persona que hubiese tocado Madrid, tendría que ir directamente a un centro de cuarentena en Hong Kong. No son cárceles, ni hospitales pero bueno, catorce días con tres niños pequeños en una habitación con poco mas que una cama y una televisión no es un trago por el que quisiéramos pasar, desde luego.

Con la escala en Madrid descartada, teníamos pocas posibilidades. Pero es verdad que la necesidad agudiza el ingenio, y se nos ocurrió tratar de viajar desde Portugal. Oporto queda a poco mas de dos horas en coche de Coruña, y en ese momento allí parecía estar todo mas o menos controlado. El miedo a viajar era enorme, pero la preocupación de tener que pasar por todo eso allí, sola con los tres en casa era casi mayor. Así que decidimos que volaran. El domingo. 

Y entonces, el sábado por la noche, se decreta el Estado de Alarma. A cada hora que pasaba se iban cerrando cosas. Hong Kong anunciaba que cualquier persona procedente de Europa, de cualquier punto de Europa necesitaría pasar por los catorce días de cuarentena. España anunciaba que se restringía la libertad de movimientos y desde Portugal unos amigos (Mil gracias, Oscar y Helena, literalmente nos salvasteis la vida y os lo agradeceremos siempre) nos decían que se estaba planteando cerrar la frontera. Ellos tenían que hacer 300 km en coche ese día. Con tres niños pequeños. Y era solo la primera fase de un viaje de casi 24 horas. De locos. Por cierto, mil gracias también a los abuelos, a unos y a otros, que en dos coches fueron a Portugal a llevarlos y con el corazón en un puño se volvieron a casa, otros trescientos km en pleno estado de Alarma. Preocupados por todo. Con miedo de todo.

Y sí, he dicho bien. María y los niños. Nadie mas. Solo ella sabe la tensión que supone tener que hacer un viaje transoceánico con tres niños pequeños en tiempos del coronavirus. Si en condiciones normales es una locura, imaginaos ahora, con el miedo a que toquen nada, con dudas sobre todo y sobre todos. Con ojos hasta en la nuca y con la adrenalina palpitando en la sien. Y ellos, alterados claro. Son pequeños y, aunque no entienden con claridad lo que pasa, sienten la tensión. Y su forma de expresarla es con hiperactividad. Mas aun de lo normal. Hasta Nora tuvo una crisis de llanto en el aeropuerto que nos hizo replantearnos en el último minuto el viaje!

Después, en el avión, los niños se portaron muy bien. Iago, como siempre, cuando llega el momento de la verdad se comporta como el hermano mayor que es. Nora se calmó y colgada del pecho de María (bendita lactancia materna) hizo todo el viaje tranquilita. Y contra todo pronóstico Roque, que es el mayor anti mascarillas del mundo, (huelen mal, dice) aguantó con ella puesta todo el camino, porque sabía que era la única forma de venir a HK a su casita y con su padre. Él, que no regala un beso ni una palabra bonita a nadie que no sea su madre, me dijo que me echaba muchísimo de menos y que me quería mucho. Os aseguro que son palabras mayores viniendo de él. Quise morir.

De Oporto a Dubai. 7 horas. Allí, de madrugada, controles de temperatura (María con los tres, sí)  y casi tres horas de escala. De Dubai a Hong Kong. Otras siete horas. Un montón de papeles para cubrir del departamento de salud. La duda de que los mocos de Roque o la tos de Iago (niños con catarro en invierno, algo fuera de lo común, supongo) fuese malinterpretada y los mandasen directos al hospital... En fin, las horas mas largas de nuestras vidas.

Al final, a las 9 en punto de la noche, justo tres horas antes de que la cuarentena obligatoria entrase en vigor, llegaron al aeropuerto. Los mandaron para una sala llena de enfermeras para hacerles un montón de preguntas porque en los papeles que cubrió dijo que habían estado en España, y eso por supuesto hace saltar todas las alarmas. Pero superados los controles de temperatura, y recibidas las pautas a seguir en los siguientes días, solo faltaba encontrarse conmigo.

Las sensaciones son muy difíciles de explicar. Pero si algo predominaba era el alivio. La alegría, la felicidad... todo eso es obvio, pero lo que mas sentía era alivio de tenerlos conmigo, de meternos en el coche e irnos para nuestra casa por fin, después de dos meses dando tumbos y vernos solo por medio de una pantalla.

Y a pesar de no tener que hacerlo, decidimos ponernos en aislamiento voluntario estas dos semanas. Los casos en Hong Kong están subiendo en las últimas semanas en gran parte debido a mucha gente que, como nosotros, fueron a Europa al principio de esrta crisis y ahora están volviendo a la normalidad. Los que llegan ahora ya tienen que estar obligatoriamente en cuarentena, pero el haber llegado solo unas horas antes no cambia nada en el riesgo que suponemos para una comunidad que ya tenía todo mas o menos controlado. Por eso, por respeto y por responsabilidad con los demás, decidimos estar en cuarentena. No nos engañemos, vienen de España, cogieron dos aviones y estuvieron varias horas en tres aeropuertos distintos. Las posibilidades de haber cogido el virus están ahí.

Ninguno de los cinco tenemos síntomas. Incluso yo me hice el test porque me mandaron en mi equipo y dio negativo, pero en estos momentos cualquier precaución es poca. Por nosotros y por los demás. Y después de haber pasado por todo esta pesadilla en los últimos dos meses, la perspectiva de pasar dos semanas juntos en casa no sonaba nada mal. Al fin y al cabo, como dijo Roque nada mas aterrizar en Hong Kong, por fin estábamos otra vez todos juntos y felices.







viernes, 6 de marzo de 2020

La rápida llegada de Nora Mei

Han pasado tantas cosas en los últimos meses que no hemos tenido tiempo ni de presentar formalmente a la última en llegar a esta locura que tenemos de familia. Y es justo que dediquemos un ratito a explicar aquí como fue todo, desde la última vez que os contamos como iba el embarazo hasta ahora, cuando Nora tiene ya (Dios, el tiempo vuela) casi tres meses.


              



Sabíamos, intuíamos, que todo iba a ser rápido. Sus hermanos habían nacido en la semana 37 y ella por momentos parecía que ni a esa fecha quería llegar. Todo lo que fuese llegar a esa semana sería un logro, porque llevaba varias semanas con muchas contracciones y repetidas llamadas a la calma y a la vida tranquila por parte de mi ginecóloga. Vivimos en un cuarto sin ascensor y tenemos otros dos niños, así que calma y tranquilidad no son palabras que hayan definido precisamente mi embarazo, que no fue ni tranquilo ni sosegado. Por eso, al cruzar la línea de las 37 semanas pude por fin respirar y relajarme.

 El viernes 6 de Diciembre mi ginecóloga me envió corriendo al hospital porque decía que el parto estaba a punto de empezar, pero no fue así. Iago estaba con nosotros en el médico, así que tuvimos que llamar corriendo a un amigo para que lo viniese a buscar y lo llevara a casa. Al llegar allí comprobaron que no tenia contracciones regulares y me dejaron en observación una noche. Al día siguiente pedí el alta voluntaria y me vine a casita con mis chicos, que es el único sitio dónde quería estar. Fue una falsa alarma, pero me sirvió para conocer un poco mas el hospital y en cierto modo me dio tranquilidad. Dar a luz en un hospital desconocido y en un idioma que no es el tuyo sigue siendo un reto a pesar de haber pasado ya una vez por ello.

A partir de aquel día sabíamos que Nora podía nacer en cualquier momento. Aun así, estábamos los dos súper relajados y calmados. Iago no tanto, porque ya había dicho en su cole que esa semana iba a tener a su hermanita y estaba verdaderamente preocupado con que al final no fuese así. Y con unas ganas terribles de verla, como todos.

El finde pasó con total normalidad. Yo sentía que la niña estaba súper colocada y que cada día mi barriga estaba mas y mas baja. No solo lo sentía, se apreciaba con mucha claridad. La semana empezó también sin novedad, hasta parecía que me encontraba mejor y que la cosa se alargaría. Pero faltaba un elemento fundamental: la luna.

Puede que sean cosas de abuelas, habladurías o invenciones, no lo sé. Pero mis dos hijos anteriores habían nacido en luna llena, y el 11 de diciembre empezaba la última luna llena del año. A pesar de que la fecha de parto estaba para el 29,  en nuestras cábalas, el 12 de diciembre siempre fue una posibilidad. Y no acertamos por unos minutos. Porque Nora Mei, como sus hermanos, eligió una noche de luna llena para nacer y hacernos sentir la familia de 5 mas feliz del mundo.

Ese día, como todos, llevé a Roquete a la guardería y luego me fui a buscar a Dani a su entrenamiento para irnos los dos a comprar un par de cosas que nos faltaban para la Navidad a IKEA. Nos hacía especial ilusión esta Navidad y sólo el hecho de que naciese justo ese día nos preocupaba un poco, mas que nada porque los peques son muy peques y no entenderían que Papa Noel estuviese ocupado en otras cosas esa noche.

Pero allí, en medio de los sofás, los armarios y las luces de navidad, empecé a romper aguas. No fue de golpe, como en las películas, pero era bastante obvio que era eso, aunque es algo que no había experimentado en los embarazos anteriores. Aún así, como era poco, seguimos con nuestros planes.

Comimos y fuimos a buscar a Roque al cole. Allí, mientras esperaba fuera, me di cuenta que la cosa iba a mas. No quería apresurarme porque en HK no puedes pasar esa fase del parto con tu pareja y tampoco quería dejar a los niños solos mucho rato. Pero el estreptococo me había dado positivo e iba a necesitar antibiótico, por lo que no podía esperar mucho. Así que, a eso de las 6 de la tarde, cogimos un taxi, y para el hospital. Esta vez estaba segura de que no saldría de allí sin Nora.

Sin embargo, las matronas pensaban otra cosa. No tenía contracciones regulares, la bolsa no quería romper del todo y su primera intención fue mandarme para casa otra vez. Pero a mí algo me decía que era el día. Para ayudar a que la bolsa se acabase de romper, me puse a subir y bajar escaleras mientras Dani, con la rodilla recién lesionada, me miraba sentado cómo si estuviese loca. Pero funcionó. La matrona me miró y se dio cuenta de que la bolsa sí estaba rota y, casi a la vez, empezaron las contracciones. Eran cerca de las 8.

A partir de ese momento todo fue muy rápido. Las contracciones, que durante un tiempo no fueron ni regulares ni dolorosas, empezaron a subir de intensidad. Con Roque no tuve tiempo de pedir la epidural, y no quería que me pasase lo mismo esta vez. Pero ni de coña. Tras media hora o así de contracciones regulares, me miraron. 4 centímetros. Hora de ir al paritorio.

Me despedí de Dani, que al final sí que había podido estar conmigo todo el rato, para que se fuese a cambiar y vernos en la sala de parto, pero casi no le da ni tiempo a llegar. En el ascensor pasé de 4 a 10 centímetros, y mi cuerpo tenía unas ganas terribles de empujar. En ese momento entendí eso que pasa en la tele, de gente que da a luz en casa, en el taxi o en la calle, y que yo siempre pensé que era pura ficción. No di a luz en el ascensor, pero no por falta de ganas. De la epidural, por supuesto, ni hablamos. No me dio tiempo ni a que me pusieran la ropa del paritario, como para tener tiempo a que la epidural hiciese efecto...

Cuando ya creía que no iba a poder aguantar mas sin empujar, llegó Dani. Solo había tardado diez minutos, pero a mí se me había hecho eterno. Dos pujes y la mitad del cuerpo de Nora Mei estaba fuera. Diez minutos mas y estaba en mis brazos. Eran las 10:25 de la noche y nuestra peque ya estaba con nosotros.

Dani, que no sé ni como se acordó con las prisas, se puso las gafas de súper espía y grabó todo el parto con la cámara que llevan incorporada, y el video corrobora que fue un parto de record. La grabación dura diez minutos. Nora Mei no quería llegar al día 12 y darnos la razón. Fue testaruda desde el momento que nació.






miércoles, 12 de febrero de 2020

Maldito virus

Llevamos apenas mes y medio de este 2020 y ya tenemos la palabra del año. Coronavirus. Para la mayoría, afortunadamente, es simplemente algo que está en las noticias día sí y día también. Algo temible, pero lejano, que le pasa a gente desconocida en el otro confín del mundo. Pero resulta que nosotros vivimos en ese otro confín. Y en nuestra familia, el virus estalló como una bomba nuclear.

No hace ni un mes todo era felicidad en casa. Nora Mei (disculpad, pero siendo padres de tres cuesta mucho encontrar un hueco ni siquiera para hacer una entrada sobre su nacimiento) había inundado de alegría nuestra casa. Deberíamos estar hablando de eso, de que los niños, en contra de lo esperado, se lo habían tomado genial. De que la cuna de colecho es un descubrimiento maravilloso. De que estamos consiguiendo (estamos realmente orgullosos porque es incluso mas duro de lo que imaginábamos) la lactancia materna exclusiva. De nuestro coche nuevo, de nuestros proyectos profesionales... y sin embargo, de un día para otro, toda nuestra vida dio un vuelco.

Es verdad que vivimos en Hong Kong, no en Wuhan. No estamos ni cerca. Pero las fronteras con China son muchas y muy permeables, y era cuestión de tiempo que empezasen a surgir los primeros casos aquí. Especialmente en esta época de vacaciones por el Año Nuevo Chino, donde muchísima gente de Hong Kong viaja a China a visitar a familiares y amigos, y donde
Hong Kong es destino vacacional de mucha gente china. De todas partes, y también de Wuhan, de la que casi cinco millones de personas salieron antes de que quedase cerrada y asilada. Cinco millones. Una locura.

Las noticias empezaron a llegar y el pánico se instauró en la ciudad. Algo parecido, el SARS, ocurrió en 2003 y solo en HK murieron casi trescientas personas, así que la histeria es comprensible. Los colegios están cerrados por tiempo indefinido, se suspendieron todo tipo de actividades, se cerraron las bibliotecas, los recintos deportivos públicos... De repente, Hong Kong quedó sumida en una cuarentena de facto, con la gente mirándose unos a otros con recelo, con miedo a salir de casa... en fin una situación apocalíptica.

Salíamos de casa lo justo y en coche. Al supermercado y poco mas, y dejábamos a los niños dentro del coche mientras uno de los dos hacía los recados- ¿Necesario? Posiblemente no, pero el miedo es libre, y desde luego irse de valiente no tiene ningún sentido cuando lo que te juegas es algo tan importante como la salud de tus hijos.

Por eso decidimos que era un buen momento para irnos a España un tiempo. Temíamos que, como está pasando, cada vez fuese mas difícil entrar y salir de Hong Kong. Que yo, que tengo pasaporte de Hong Kong y nacionalidad china, pudiese tener dificultades para entrar en España y que la cosa se pusiese peor con nosotros dentro y atrapados.

El miedo, como digo, es libre, y cuando a lo que te enfrentas es algo que no se puede ver y por lo tanto evitar, la angustia es terrible. Solo de pensar en tener que llevar a Nora a vacunar al hospital nos asustaba. La mera posibilidad de que alguno cogiera un catarro (es invierno, sería lo lógico) y tuviese fiebre nos daba pánico porque lo primero que harían sería aislarnos a todos...

Así que nos fuimos, cómo casi todos los extranjeros que teníamos esa posibilidad. Desde España, seguimos las noticias con una mezcla de pena, rabia y desesperación. Los casos en HK, como era de esperar, siguen subiendo y la situación, sin ser límite, es complicada. Todavía no hay fecha para la vuelta al colegio, las calles siguen vacías y el miedo se palpa. Y esa no es vida.

El tema es que hay que tomar decisiones importantes, de esas que te cambian la vida. Y es muy duro. Sus vidas están en pausa y no es justo. Los niños, sobre todo Iago que tiene siete años ya, no puede estar sin escolarizar. Lleva desde Navidades sin colegio, y es insostenible. Y si empiezan el cole en España, es difícil pensar que vayan a volver en dos meses cuando todo esté, (crucemos los dedos) de nuevo en calma.

Y luego está el día a día, la logística. Ser padres de tres es un reto maravilloso pero durísimo, que obliga a los dos padres a estar las 24 horas del día mano a mano haciendo cosas. Y eso se complica todavía mas cuando los dos mayores pasan el día entero en casa y el descanso entre toma y toma es imposible. Una locura. Y es una locura con cuatro manos. No quiero ni pensar lo que es solo con dos. Por eso vivir separados nunca fue una opción y ahora, con dos niños pequeños y un bebé, menos. Pero estamos en una situación límite, porque en HK ahora mismo no se puede vivir.

Y sin embargo, aquí estoy, en un avión prácticamente vacío, cruzando el mundo hacia una ciudad a la que ahora mismo nadie quiere ir, mientras mi hija, que hoy cumple dos meses no ve a su padre y no  entiende nada. Igual que yo. Pero incomprensiblemente mi equipo, todos los equipos, siguen trabajando mientras el resto de la ciudad vive parada. Mi permiso para traer a la familia terminó y el trabajo me reclama.

Y si el vuelo a España lo hicimos con una incertidumbre tremenda, éste de vuelta es el mas triste de todos los que hice. Todos los escenarios que manejamos son difíciles y parece que no hay solución. Lo que tengo claro es que cinco meses, que es lo que queda para el final de la temporada, es un tiempo que no estoy dispuesto a pasar sin mi familia. Los necesito y me necesitan. Quiero ser padre y marido, y ejercer de ello cada día.

Ahora, que el avión está a punto de aterrizar y que el 11 de febrero está terminando, no puedo dejar de pensar que, de una manera u otra, la próxima vez que Nora cumpla meses tenemos que estar todos juntos. Donde sea, pero juntos.







miércoles, 16 de octubre de 2019

FaceTime Dad

Una de las malas cosas que suele tener el trabajo como expatriado es que normalmente implica viajar. Y si es en Hong Kong, un país que es una isla y poco mas, las posibilidades de tener que viajar y que ese viaje implique coger aviones son todavía mas elevadas.

Es cierto que mi trabajo es un poco especial, pero muchas de esas características se aplican igualmente. La competición local no incluye a China, con lo que los partidos de liga son en Hong Kong. No desplazamientos, no noches fuera, no concentraciones... pero además de esos, hacemos pretemporadas, partidos de competiciones internacionales y yo, desde hace dos años, partidos con la Selección de HK, que obviamente se juegan muchas veces en el extranjero.
Entre unas cosas y otras no hay menos de diez viajes durante la temporada, lo que implica que, una vez al mes mas o menos, me paso una semana fuera de casa.

Es duro estar lejos, pero lo es mucho mas quedarse en casa, sin ayuda familiar externa y al cuidado de las dos fieras. Colegios, extra escolares, días libres que son todavía mas complicados... Y si lo es en condiciones normales, imaginaos como puede ser ahora, con María embarazada de casi 8 meses y con una gestación que está siendo mas complicada de lo que debería.

Sería muy egoísta por mi parte decir que lo paso mal, que los echo de menos. Porque, siendo verdad, eso no me implica un trabajo extra. Lo duro de verdad es tener que hacer de padre y madre a la vez. Encargarte de una tarea que normalmente hacemos entre dos (y acabamos exhaustos el día) con el agravante de que en estos meses ya es tarea complicada cuidarse de uno mismo. Y eso es lo que hace María cada vez que me marcho, y que desgraciadamente en estos meses están siendo mas veces de las que nos gustaría.

Y no solo es duro desde el punto de vista físico, y emocional. También desde el laboral. Trabajar desde casa como lo hace mi mujer implica que lo suyo quede en último lugar. Murphy, además, se encarga a menudo de que coincidan con viajes días de vacaciones, enfermedades inoportunas (siempre lo son, pero cuando estás solo mas) y circunstancias imprevistas que hacen que sus planes se vayan al garete. Siempre los de la persona que está en casa. El sempiterno problema de la conciliación.

Siempre decimos que somos afortunados porque en el día a día podemos pasar mucho tiempo juntos, los horarios de trabajo son buenos y nos permite estar con ellos todo el tiempo que no pasan en el cole, pero a veces cuando lo decimos nos olvidamos de que, a cambio, hay muchas semanas como esta, en las que mi mujer se pasa los días multiplicándose y llegando a la noche completamente sin batería. Son pequeños para entender que tienen que ponerle las cosas mas fáciles a su madre, y además ese no es asunto suyo. A ellos nadie les pidió su opinión sobre si me voy o me quedo.


Además, y volviendo un poco al egoísmo,  hay un riesgo. Y es que tus hijos se acostumbran a que estés fuera de casa. Para ellos es normal verme en una pantalla mientras desayunan, cenan o juegan. Establecen rutinas para cuando no estoy, como dormir en nuestra cama. Comentarios, cosas sin importancia... pero cosas que al fin y al cabo van interiorizando y viendo como normal, y no me gusta.

Dentro de eso, tratamos de que ellos me sientan lo mas cerca posible. Hoy en día, afortunadamente la tecnología te permite estar muy conectado, aunque a veces la diferencia horaria hace muy complicado encontrar momentos en los que estemos todos disponibles.
Ellos desde pequeños están familiarizados con las pantallas, y con hablar a una ventanita de la misma forma que lo harán en persona. Me preguntan, me cuentan cosas de su día.. (bueno, eso cuando los cojo de buenas, porque si están haciendo algo entretenido pasan de mí completamente) pero no es lo mismo. Las mejores cosas del día pasan de manera espontánea. Una broma, un descubrimiento, una ocurrencia... y aunque luego la compartamos, es como la comida, enlatada y recalentada en el micro no sabe ni la mitad de rica.



Lo único bueno que tienen estas cosas es que no duran para siempre. Mientras termino de escribir esto, el avión empieza el descenso hacia el aeropuerto de Hong Kong. Ya estoy mas cerca de volver a casa. De recibir una montaña de besos y abrazos y de cargarnos las pilas mutuamente. De estar, de nuevo, los cinco juntos para ayudarnos y para tirarnos de los pelos. Para compartir días locos y noches de insomnio, partidas de Mario Kart y batallas de cosquillas... Para estar, en fin, la familia junta otra vez.





lunes, 23 de septiembre de 2019

Celos preventivos

La llegada de Nora Mei está, no podía ser de otra forma, muy presente en todos los miembros de la familia. Esta semana entramos en el tercer trimestre de embarazo. Y viendo los antecedentes, (tanto Iago como Roque nacieron en la semana 37) es factible que estemos a menos de 10 semanas de dar a luz, y todos nos vamos preparando. Cada uno a su manera.

La casa ya está adaptada. Sí, todavía hay mucho tiempo, pero somos así. Yo pensaba que tras dos embarazos estas cosas me las iba a tomar un poco mas a la ligera, pero que va! Ya tenemos la cuna, el cambiador, el carro, la mochila, mucha ropa... y la habitación preparada para su llegada.

Los niños, por supuesto, también están viviendo esto muy intensamente. Nosotros tratamos de involucrarlos en el embarazo todo lo posible. Tanto Roque como Iago vinieron con nosotros a varias ecografías, y es muy divertido descubrir cómo ven ellos las cosas. Le hablan a la barriga, la abrazan, sienten las patadas... a veces hasta quieren hablarle a través de mi boca porque creen que así su hermana les va a escuchar mejor. Además, los dos tienen un montón de preguntas, y no todas son fáciles de responder dada su edad.
La mas obvia y la que mas les preocupa es saber por donde va a salir Nora. ¿por el ombligo? ¿Por el culete? Roque, además, no concibe que yo no tenga pitilín, como él le llama. Porque todos los demás en casa lo tienen. Para él, la respuesta tiene relación con su otra duda. Y asegura: cuando salga Nora ya vas tener pitilín como nosotros. ¿Verdad mamá? Todo encaja.

Para Iago la cuestión es otra. Y no duda en preguntarla donde toca, con el ginecólogo delante: Mamá, ya sé que hace falta papá para poner a Nora en la barriga. ¿Pero cómo? El gine se moría de risa y me parecía que también de ganas de aplicar todo su rigor médico a la respuesta. Iago no quería dejar pasar la ocasión y yo le tuve que contar la película de la semillita bajo la mirada de cierta reprobación del doctor. Son 7 años, y no es del todo mentira. En algún momento le contaré un poco mas en detalle, pero me da que es todavía demasiado pronto. Está en el proceso de su propia exploración pero eso sería pasar demasiadas pantallas de golpe jeje.

No solo es el embarazo. También los dos tienen a Nora en la cabeza, y cada uno a su modo. Iago es una pasada. Se muere de ganas de que llegue, cuando ve un bebé pequeñito se derrite y siempre habla de su hermana y de lo que le apetece cogerla. Él, que es bruto como un arado, se vuelve todo ternura cuando se pone en el papel de hermano mayor.

Con Roque la cosa va a ser complicada. De por sí es un niño con muchos mimos de su madre. No deja que nadie mas le bese, le toque. Ni si quiera a su padre. Nosotros tratamos de que se vaya acostumbrando, pero él, que es muy listo y se lo huele, no solo no traga, sino que en los últimos meses está exagerando mas si cabe esa mami-dependencia. Todo el rato dice: mamá, cuando yo sea bebé otra vez esto, o lo otro... En fin, que va a haber lío.

El día que trajimos el carro a casa, Roque cogió una perrencha terrible por montar el capazo y no la silla para él (y hace meses que no usa carro ya) Y todos los días ahora en vez de ducharse se tiene que bañar en la bañera que ya tenemos para Nora. Casi no entra, pero no hay manera de meterlo en la ducha si no es en el dichoso baño.
Y el otro día no aparecía por ningún lado y me lo encontré haciéndose el dormido dentro de la cuna. Todo son señales, alertas que nos manda para avisarnos de que él tiene que seguir siendo el centro de atención. Y avisa de que no va a poner nada de su parte para que eso cambie.
Es algo que nos preocupa, porque es evidente que sobre todo los primeros meses hay cosas que nadie puede hacer por mi con la bebé, y inevitablemente va a repercutir en el tiempo que pueda dedicarle a los demás. Iago lo tiene claro y lo asume. Además él está feliz con su padre y muy liado entre cole, extra escolares y tardes de parque infinitas, pero lo del pequeño es otra historia.

Además, el calendario del colegio, que en condiciones normales debería ser mi aliado, este año está en mi contra. Si todo va como se espera, Nora nacerá en plenas vacaciones de Navidad, pero a eso hay que sumarle que este año en Enero se celebra el Año Nuevo Chino, con lo que (lo contamos) Iago y Roque tendrán en enero en total solo 6 días de clase. ¿No querías caldo? Pues dos tazas. Dios nos coja confesados.


jueves, 12 de septiembre de 2019

Hongkoners al fin y al cabo


Es difícil mencionar determinadas cosas en según que sitios. Y a veces pensamos que hablar de política está fuera de lugar o que no interesa. Pero hay momentos en los que los acontecimientos que te rodean son de tal magnitud, que obviarlos es frívolo y hasta cierto punto inmoral. Porque la política, que vemos desde la barrera muchas veces porque pensamos que no nos afecta tanto, nos marca aunque no lo queramos ver. Y somos afortunados los que por nuestro estatus, sexo o nacionalidad, no vemos condicionadas nuestras vidas por estas decisiones. Pero no todos tienen tanta suerte.

Estoy seguro de que a estas alturas todos habéis visto en las Noticias las imágenes de las protestas que desde hace varios meses sacuden Hong Kong. No es mi intención daros aquí un sermón político ni explicar en profundidad todo lo que aquí está pasando, pero nosotros vivimos en esta ciudad, somos parte de esta sociedad desde hace años, y como tal, lo que pasa nos afecta.

Lo primero que tengo que decir es que nosotros en el día a día no nos sentimos amenazados. Vivimos ahora lejos del centro, y las manifestaciones y los enfrentamientos (que los hay y a veces son bastante violentos) están bastante lejos de donde nosotros estamos. Pero eso no evita que estemos inquietos. 

Últimamente está habiendo confrontaciones entre la Policía y los manifestantes en el metro y los autobuses. Y ahora que empieza el colegio, es imposible no estar preocupados. Iago muchas veces hace parte del camino de vuelta a casa en metro, y nosotros también lo utilizamos a menudo. Y no tiene por qué pasar nada, pero es inevitable pensar que te puede tocar a ti o a los tuyos estar en el momento equivocado en el lugar erróneo. Hay informaciones que dicen que el ejército chino podría estar preparado para entrar en Hong Kong y hacerse cargo de la situación. Parece poco probable, pero China es una nación impredecible y que no siempre se ciñe al Derecho Internacional así que uno no puede estar del todo seguro de nada. Y asusta.

Roque todavía es pequeño y no se da cuenta de nada, pero Iago sí. Nosotros tenemos la costumbre de poner mientras desayunamos, las Noticias de la tele de España de la noche anterior (con la diferencia horaria es casi como verlas en directo) así que es algo que tiene muy presente. El otro día se pusieron los dos a jugar a los playmobil, y Iago decía: Roque, tú eres la policía y yo los manifestantes..

También el conflicto está muy presente en la educación. Hay manifestaciones y huelgas de alumnos en secundaria, y al menos en nuestro colegio, mandan circulares a casa para tratar de persuadirnos de que los alumnos dejen la política fuera de las aulas. En el colegio de Iago se enseña mandarín, que es el idioma que se habla en Mainland China, mientras que aquí en Hong Kong se habla cantonés. Aunque el Gobierno cada vez está introduciendo mas el mandarín en las escuelas. En general, la tendencia hacia la inclusión de Hong Kong en China es clara, y es lo que de verdad inquieta a la gente de Hong Kong, mas que el caso concreto de la Ley de Extradición que fue lo que inició las protestas masivas. Es una situación complicada y que tiene pocos visos de resolverse en el corto plazo. El horizonte del traspaso efectivo, en 2047, se empieza a sentir mas cerca cada vez, y eso provoca mucha incertidumbre.

Incluso el fútbol, como no podía ser de otra manera, también se ve afectado. El fin de semana pasado empezó la liga, y en todos los campos hubo protestas, pero este martes, en el partido que jugamos con la Selección de Hong Kong, todo adquirió una dimensión mucho mayor.
Antes de empezar los partidos internacionales, suenan los himnos de las selecciones. Nosotros no tenemos himno propio porque somos una SAR (Siglas en Inglés que significan Región Administrativa Especial) dentro de China, y como tal, el himno que suena es el chino. En los últimos años, al menos desde que yo formo parte de la Selección, un sector de la grada siempre ha silbado el himno. Pero esta vez fue masivo. Desde el campo no pudimos escuchar ni un acorde, solo silbidos y abucheos del yo diría el 100% de las quince mil personas que había en el estadio. Y durante el partido muchos de los cánticos eran de índole política mas que deportiva.

Estamos viviendo momentos difíciles aquí, de los que no podemos permanecer ajenos. No es nuestra tierra, pero llevamos en ella casi una década y nuestros hijos se están criando aquí. Nora Mei tendrá incluso pasaporte de Hong Kong, como yo lo tengo, y tampoco tenemos claro lo que eso pueda implicar en los próximos años si la situación sigue así.
Solo sabemos que Hong Kong es un lugar muy especial, muy importante en nuestras vidas y que mucha gente está sufriendo. Muchos están planteándose su futuro lejos de aquí, y no cabe duda de que si las cosas cambian y las libertades se restringen, este también dejará de ser un hogar para nosotros. Hay tiempo por delante y confiamos en que haya una solución diferente y apropiada para todos, pero la duda ya existe.



miércoles, 4 de septiembre de 2019

Vuelta al Cole!!

Por lo general, septiembre suele generar una sensación agridulce. Los días se van acortando, el verano termina... pero también empieza la rutina. Y eso, los padres lo sabemos bien, se agradece. La vuelta al cole, con todos los quebraderos de cabeza que conlleva, es también el momento en el que de alguna manera, puedes retomar tu vida, que durante mas de dos meses estuvo, sino secuestrada, por lo menos condicionada por los enanos en casa 24/7.

Para nosotros, esa sensación agridulce no existe. La agria, digo. Hong Kong es un lugar particularmente inhóspito durante los meses de verano. El calor es brutal, la humedad asfixiante, y los días que hay que pasar en casa por las tormentas, tifones y demás fenómenos atmosféricos no son pocos. 
Así que septiembre es particularmente bienvenido. No solo por la vuelta al cole, sino porque es el principio de la parte del año mas agradable. Sigue haciendo calor, mucho, pero la humedad baja, la lluvia casi desaparece y el otoño es la mejor época para disfrutar de todo lo que Hong Kong ofrece al aire libre, que es mucho, y que os contaremos en las siguientes entradas del blog.

Esta semana Iago empezó su segundo año en Primaria. Nunca hubiésemos pensado estar aquí a estas alturas, cuando nació en 2012, pero las cosas siguen su curso y la vida muchas veces te sorprende, y estamos encantados. 
Como ya os contamos anteriormente, nos mudamos de casa y de barrio, pero a pesar de que el colegio de Iago ahora nos queda bastante mas lejos, decidimos quedarnos en el mismo. Él está encantado, y nosotros también. El tema de los colegios aquí en Hong Kong es una locura. Algún día hablaremos mas en profundidad sobre esto. Encontrar plaza es muy complicado y elegir el colegio todavía mas. Hay entrevistas un año antes, y tienes que presentar actividades extra escolares y demostrar ciertas aptitudes para que te den la plaza. Una selección en toda regla! 

Nosotros conseguimos la plaza en uno, St Margaret, en el que no es sencillo entrar. Todas las clases, excepto chino, se dan en inglés, pero lo mas importante es que la presión a los niños no es tan alta como en la mayoría de los colegios aquí. Lo normal es tener muchos deberes, exámenes casi semanales... a niños de 6 y 7 años! Y este no tiene nada de eso. Estamos muy contentos con su estilo de educación y con los profesores, por eso no nos importa tener que estar en el coche 35 o 40 minutos cada mañana para llevarlo al cole. Es un sacrificio que merece mucho la pena.
A Roque, sin embargo, sí que lo cambiamos de colegio. Estaba en el primer año de guarde, así que el cambio no le iba a afectar mucho. Además, en cuanto vimos la guardería que le tocaba aquí en Sai Kung, supimos que iba a estar mas feliz aquí. Vamos todos los días caminando o en el scooter, tiene un montón de compañeros que hablan inglés (a pesar de que nos sorprendió ver lo mucho que entiende el chino ya) y además son los mismos que luego están en el parque... Vamos, que es todo mucho mejor. Desde el día de la entrevista a él le gustó mucho su nuevo cole, y nosotros estamos encantados con las profesoras y con como lo tratan, y eso por supuesto nos da una tranquilidad enorme.
Ahora, con ellos en el cole, también es momento de dedicarle tiempo a Nora. Ser madre de tres implica dividir el tiempo entre un millón de actividades, y muchas veces sacrificar cosas a las que en los otros embarazos ponía mas interés. Bueno, no mas interés, pero sí mas tiempo. Y ahora voy a poder. Tengo muchas ganas de disfrutar de este embarazo, que va a ser el último, y de la intimidad con mi bebé mientras está en la barriga. De preparar la casa para su llegada...

Tengo ganas, también, de volver a estar activa profesionalmente, y eso es algo francamente difícil cuando trabajas desde casa y en casa tienes a los enanos. Además en esta época Dani viaja bastante y sola sí que es misión imposible. Tengo ganas de dedicarle tiempo a mi cuerpo. Volver a yoga (en la medida que esta barriga que va creciendo me deje) y prepararme para el parto, que parece que está lejos pero ya estamos cerca del tercer trimestre! Y tengo, por último, muchísimas ganas de dejar de sudar al poner un pie en la calle. Así que, en contra de lo que muchos pensáis, yo le doy con mucha alegría la bienvenida a septiembre. A ver que tal se nos da el nuevo año. Os iremos contando.





Huida de ida y vuelta

Es increíble lo rápido que puede cambiar la vida de uno. De manera drástica, de un día para otro prácticamente, y, lo peor de todo, sin habe...